Mi experiencia en la Unidad de Agudos (Parte I)

Mi historia comienza en 2001, cuando fui derivado a la consulta de una psiquiatra de la USM Sector Sur a petición de mi médico de cabecera, al que acudí por sentirme continuamente observado por todo el mundo. El diagnóstico del especialista fue: “falta de adaptación a los problemas de la vida cotidiana”. Ya apuntaba maneras la enfermedad mental, ya que no era normal que un chaval de 21 años se sintiera “vigilado” e incluso “intimidado” por cruzar una mirada con alguien que no conoce, ya fuera en el supermercado, en la discoteca o en la biblioteca. Algo fallaba.

En septiembre de 2005 me encerré en casa y me aislé del mundo. No quería saber de nadie y entré en depresión. Por suerte, mi padre, tenía una amiga enfermera en salud mental y me recomendó un psiquiatra para que me evaluará inicialmente. El doctor nos citó en un despacho de la famosa y antigua ‘entreplanta’, y yo acepté a ser ingresado en la Unidad de Agudos. No hablaba, no me comunicaba y mi cara supongo que sería un poema. Nunca se me olvidará aquel despacho y su mesa enorme, dibujando, quizá, la distancia que puede existir entre paciente y médico. Tampoco olvidaré el calor de los dos auxiliares y su trato humano al entrar en mi habitación, al anochecer, ofreciéndome un yogur y algo de comida. Cosa que rechacé. La aventura no había hecho nada más que empezar.

Mi lugar era el ala derecha, en la primera habitación que había nada más entrar por esa puerta acorazada que, más tarde en ingresos posteriores, cabeceé y golpeé con mis puños. En consecuencia, los portazos que se propinaban al entrar y salir los sanitarios, retumbaban en mi cabeza como un martillo pilón. De compañero de habitación tenía a un chaval con esquizofrenia paranoide que se dedicaba a pegar a otro de 70 años de la habitación contigua. Yo no sabía qué hacía allí ni dónde me había metido.

El segundo día quería salir corriendo. Pero el shock más grande fue la primera mañana, cuando ves la penumbra de ese pasillo angosto que desembocaba en una rampa que se adornaba con unas cristaleras opacas de puro manicomio de película y que no me generaba ni confianza ni seguridad. Una cárcel camuflada. Aquello no pintaba bien. Si yo necesitaba rehabilitación, allí no la iba a encontrar. No existía paz, todo lo contrario. Estaba en un estado de nerviosismo interno continuo por las voces y las peleas. Me sentía indefenso y mi cuadro evolutivo no iba a ser favorable, lo intuía.

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Cómo ingresé en enero, mi médico se tomó sus vacaciones y me adjudicaron, de manera puntual, a otra psiquiatra cuyo trato humano y delicadeza brillaban por su ausencia. Todo lo contrario de enfermeros y auxiliares, casi siempre atentos y pendientes de nosotros/as.

En definitiva, allí había un galimatías de patologías donde era imposible la convivencia, por no hablar del “enterao” y la “enterá” de turno (me refiero a otros pacientes) que te tildan de “blandito” y/o mimado por estar en mi situación (todavía me acuerdo de su caras…¡si es que Dios los cría y ellos se juntan!). Claro, un chaval que lo tiene todo, aparentemente, y sin problemas de hipoteca o familia que alimentar, ¿qué riles hacía allí ingresado?. La entreplanta fue el comienzo de una relación amor-odio con la Unidad de Agudos porque también han sido varios los ingresos voluntarios que tuve después, sobre todo en 2008, el año de la Eurocopa de fútbol y, casi con total seguridad, el peor año de mi vida.

En el verano de 2006, cogí las maletas y me fui a trabajar a la costa Brava. En Mayo, lo estuve meditando y encontré una oferta de ayudante de cocina en un camping magnífico. Fue el arrebato típico de tengo que darle una “vuelta de tuerca” a mi situación vital. Tenía 27 años. Nunca había salido por necesidades laborales de Córdoba, por lo que suponía un reto después de 6 meses muy malos. Evidentemente, en casa, mi padre no compartía mi decisión, pero yo lo tuve claro. Escapé con mi Opel Astra y allí que me planté. Tras un mes y medio, encontré otra oferta en un Hotel de Playa de Aro. Acabe saturado de cocina pero aquello me motivaba a seguir adelante.

En octubre, después de llegar a Córdoba, continué con mi peregrinar y el resultado fue “destino Madrid”, Alcalá de Henares. Allí estuve hasta la primavera de 2007 que fue cuando pegué el salto a la capital.

Ya estaba cansado mentalmente. Entre el estrés del trabajo y una vida social activa y de mucha juerga, mi cuerpo y mi mente dijeron basta. Me dio mi primer brote psicótico. Influyó mucho mi predisposición a la autosugestión por lo ocurrido en diciembre de 2006 en la Terminal T4 del aeropuerto Madrid-Barajas. ETA había roto el alto el fuego y yo, inexplicablemente, sentía que era perseguido y vigilado por gente del comando antiterrorista. Me sentía importante porque yo pensaba en reunirme con el presidente del gobierno y Otegui para poner fin al conflicto armado. Esos delirios de grandeza me aturdían, me sobrepasaban y, en esos momentos, no era consciente de que aquello que vivía como real era pura invención de mi mente.

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Cuando ya no pude más, llamé a mis padres y vinieron a recogerme. El viaje de vuelta en coche fue complicado. Recuerdo haberme escapado cuando llegamos a mi casa de Madrid y empezar a correr sin un destino fijo. Mi obsesión era llegar a Córdoba por la A4, andando por el arcén, pero me paré en un parque cercano a la M30 y a la plaza de toros de las Ventas donde un grupo de veinte personas jugaban un partido de fútbol. Recuerdo quedarme en calzoncillos, no sé por qué y mezclarme con ellos hasta que me cansé. Luego volví llorando a casa y nos fuimos inmediatamente a Córdoba. Imaginad el “sinvivir” de mis padres y las horas de angustia que pasaron. Volví a ingresar en la Unidad de Agudos del Hospital Provincial de Córdoba y ya en diciembre de 2007 fui diagnosticado como “esquizoafectivo de tipo depresivo”, algo así como bipolar con delirios y brotes.

Mientras estaba ingresado y volvía a la realidad, el mundo se desmoronaba. No podía creer que ese mundo de fantasía donde yo me sentía importante y con un objetivo claro de salvar a este país del terrorismo fuera falso. El shock de “regresar” es durísimo. En ese momento, estaba internado en el ala izquierda, considerada más “problemática” que la derecha, esto es, pacientes con patologías más graves. Así que cuando vi lo que había allí, me hundí aún más.

Comencé con el tratamiento antipsicótico, antidepresivo y ansiolítico. Un cóctel muy sugerente para anularte como persona, puesto que el cuerpo tiene que habituarse a la medicación, y como los efectos eran a medio-largo plazo, yo no confiaba en él. Llegó a mi vida el famoso Risperdal, el Abilify y la Zypressa, una bomba. Se agudizó mi depresión y tras un alta hospitalaria, a las pocas semanas, volví a ingresar por intento de suicidio, intoxicándome con pastillas, intentando gasearme con el coche o cortándome las venas. En definitiva, estaba hecho un trapo.

…..CONTINUARÁ

Rafa Mellado

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Hay 2 comentarios

  1. Rocío Testa Álvarez dijo hace 3 semanas:

    Magnífico relato! Enhorabuena Rafa

  2. Jose luis sanchez dijo hace 2 semanas:

    Hermano eres muy grande!! Y sabes q estás rodeado de gente que t queremos!! Gran artículo. Sigue adelante hermano!! T quiero!