Mi experiencia en la Unidad de Agudos (Parte II)

Aquella “entreplanta” me marcaría para siempre. Fumábamos cada hora, salíamos a la calle un rato gracias al personal y teníamos las reuniones antes de almorzar. Algo que no me hacía mucha gracia porque había que exponer tu caso delante de los demás compañeros el primer día de ingreso, y a mí, que ya me costaba expresarme, no me gustaba participar, por lo que en los días posteriores decidí dejé de asistir a más reuniones. Así que dormía y dormía para que el tiempo pasara más rápido.

Los fines de semana eran tediosos. Había gente que no recibía visitas o no tenía a nadie que fuera a verlos. Aquella “ala” se aletargaba, todo parecía ir más lento, hasta que, de pronto, se escuchaban gritos, una pelea, un delirio, un desahogo. En ocasiones, me visitaban las auxiliares y me preguntaban cómo estaba. Intentaban que saliera a pasear por un pasillo de veinticinco metros por el que el tráfico era denso. Era la única actividad que había. De lunes a viernes, a parte de haber más movimiento y tránsito de gente, el psicólogo y una enfermera se reunían con pacientes, elegidos según su criterio, y entre nosotros exponíamos los problemas para intentar hacernos ver que podíamos mejorar y ver que existía una salida.

Evidentemente, el psiquiatra no pasaba consulta todos los días por falta de tiempo y por saturación de pacientes. Muchas veces no existía una privacidad ya que las consultas se hacían, muchas veces, en el comedor o en la sala de estar en presencia de otros compañeros que podían incomodar.

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Por tanto, ese 2008 comprobé y ratifiqué que tenía un problema. Adquirí la condición de reincidente. Algo que era habitual, puesto que más del 80 % de pacientes de la Unidad de Agudos ya la habían visitado con anterioridad. En mi caso, yo lo veía como una salida o un refugio a mis deseos continuos de “quitarme de en medio” pero, más tarde, observaba que no prosperaba y que no obtenía mucha mejoría. No obstante, me aferraba a este recurso para frenar los impulsos de negatividad y desesperanza vital.

Pasado ese fatídico año, intenté no volver más allí e incluso no quería ni pensar aunque mi estado de ánimo no era el idóneo. En el hospital hacen mucho hincapié en la medicación, pero es una continua pelea contigo mismo porque no ves mejoría. En mi caso estaba hundido, pero tenía que hacer algo.

Lo único bueno era que tenía una familia maravillosa que siempre estaba ahí cuando más la necesitaba y unos amigos que tampoco me dieron de lado. Pero mi edad (30 años) me hacía pensar en un futuro personal y laboral bastante paupérrimo y deprimente. Ese era mi continuo penar. Había fracasado estudiando una carrera que no tenía muchas salidas y cuando creía que la cocina era mi pasión, había descubierto que no me podía adaptar a sus exigentes horarios y a su nivel de estrés constante. Me dejé llevar, pero no me resignaba del todo y así fue como conocí a Asaenec. Aquel local pequeñito donde miraba internet, jugaba al pin pong o hacía como que pintaba…

No sé cómo me atreví a trabajar el verano de 2009 pero lo hice. Sin embargo, aunque sabía que era de temporada, una piscina pública no fue la mejor opción para “reinsertarme” y coger confianza. Estaba aletargado, despistado, no era yo (no sé si hoy día me he reencontrado). Al empezar el otoño me vine arriba, empecé a hacer bicicleta y volvieron los delirios de grandeza. Desde 2010 hasta 2017 he tenido una media de un ingreso por año.

Volvió a darme un brote e ingresé en la reformada y nueva Unidad de Agudos ubicada en la segunda planta del Hospital Provincial de Córdoba. Ya no se podía fumar y aquello parecía otra cosa, tenía otra cara. Todo parecía más cercano, más luminoso, más amplio… Yo recuerdo cantar por los pasillos y pregonar a voces no sé qué historias y canciones.

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Entendí, definitivamente, que tenía una enfermedad mental que me imponía una serie de limitaciones (el alcohol, el estrés, etc.). Debía de dejar cosas atrás y adaptarme a una nueva vida, ni mejor ni peor, pero si algo distinta a lo que había experimentado antes.

La nueva Unidad de Agudos satisfacía las necesidades habitacionales. También me percaté de la cantidad de personas “reincidentes”, y lo mala y dañina que es la enfermedad y cómo te anula. No obstante, aunque el aspecto físico de otros enfermos con los que coincidí en la entreplanta, hace diez años, había desmejorado, también era notorio el avance y los progresos de la medicación, sobre todo, de los inyectables antipsicóticos.

Hoy día, si tengo que volver a “agudos”, sé que estaré en buenas manos, aunque haya personal que no parezca ilusionarse con su trabajo y que se le olvide que está tratando con personas a las que hay que cuidar y estar pendiente más asiduamente porque tenemos el problema más grave y arduo que pueda padecer una persona.

Y es que cuando “el disco duro falla”, hay que formatearlo, pero ya no es nuevo ni está en las mejores condiciones posibles. Por eso, y entiendo que es difícil, no se les debe olvidar a todos los que tratan con nosotros que flaqueamos más que otras personas normales y necesitamos más atención continuada en esos momentos tan difíciles.

Pero es como en todos los trabajos, hay quien es responsable y lo hace bien y quien se escaquea continuamente porque es su “modus operandi” innato y básicamente, improductivo. No tienen que pagar justos por pecadores. Yo me he cruzado con auxiliares, enfermeros de allí y te saludan y preguntan cómo estás. Hay que ser de otra pasta para dedicarse a ayudar a pacientes de salud mental. Algo muy delicado e impactante hasta que conoces un poco los cuadros sintomáticos de los pacientes, por no decir los insultos y agresiones que soportan, aunque cada persona es un mundo.

Desde aquí quiero dar las gracias a todos los profesionales de la Unidad de Hospitalización de Salud Mental del Hospital Provincial de Córdoba y del Hospital “Los Morales”, por aguantarme y poner su granito de arena con este enfermo no muy problemático y siempre dispuesto a seguir las indicaciones para mejorar su salud que tan importante resulta a la hora de seguir el camino y luchar contra los baches e improvistos que se interponen entre los objetivos y los sueños por cumplir.

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Mil gracias también a Asaenec, a Raquel, Mayte, Susana y al que fue su psicólogo Juan Ramón, ya que hacéis una labor estupenda y llena de logros que, aunque puedan parecer nimios son muy importantes para nuestra visibilidad. Es increíble el resultado que ha experimentado vuestro trabajo, el esfuerzo por conseguir ayudas que repercutan en nuestra inclusión en la sociedad como lo que somos, personas normales y corrientes con este problema que afecta al plano personal, social y laboral.

¡Grande la asociación!

Rafa Mellado

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Hay 2 comentarios

  1. josefa montero dijo hace 8 meses:

    Gracias a Rafael por tu testimonio y a ASAENEC por la labor que realizáis ,es muy importante estos relatos que ayudan a normalizar y entender las enfermedades mentales.